La hija de Galileo: Eppur si muove (Y sin embargo, se mueve)

Escrito por  Walter Raudales

El título del libro tiene una trampa, no es una novela sobre la hija de Galileo, sino más bien la vida y obra de este importante científico en donde se incrustan más de cien cartas de la voluminosa correspondencia que tuviera con su hija mayor.

"De los tres hijos de Galileo solo ella, Virginia Galileo convertida después en Sor María Celeste, heredó la misma brillantes, laboriosidad y sensibilidad en virtud de las cuales se convirtió en su confidente". Virginia, adoptó el nombre de María Celeste, a partir de los 13 años, como un gesto de reconocimiento a la fascinación de su padre por las estrellas, ingresó al Convento San Matteo In Arcetri, en el que llevó una vida de pobreza y retiro espiritual, a principios de los años 1600, en época de la Santa Inquisición. Cuando Sor María Celeste todavía era una niña, Galileo instaló un telescopio en el patio de su casa en Padua y lo dirigió al firmamento, descubriendo juntos estrellas nunca vistas antes, montañas y valles en la luna y un Júpiter extraordinario alrededor del cual giraba un séquito de estrellas como que si se tratara de un sistema planetario en miniatura. Galileo tenía entonces 59 años y dijo: "Doy infinitas gracias a Dios por haber sido tan generoso conmigo y haberme elegido como primer testigo de estas maravillas escondidas en la oscuridad durante tantos siglos".

Estos descubrimientos transformaron la vida de Galileo. En 1610 fue nombrado como maestro, matemático y filósofo en Florencia, en la corte de Cosme de Medicis. Galileo se vio tratado de inmediato como una celebridad, su gloria despertó también enemistades y sospechas porque sus observaciones concedieron credibilidad a la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, el clérigo polaco autor del libro titulado "Sobre las revoluciones de los Orbes celestes o Devolutionibus, dado a conocer medio siglo antes y rechazado por la iglesia católica. En esa época circulaban dos teorías rivales de la cosmología: la geocéntrica (la tierra es el centro de todos), basada en enseñanzas de Aristóteles del siglo cuarto antes de Cristo y desarrolladas por el astrónomo griego Tolomeo en el siglo II y la Heliocéntrica (todo gira alrededor del sol). Los descubrimientos de Galileo daban fortaleza a la teoría Heliocéntrica. En 1616, el Papa de entonces y un cardenal de la Inquisición reprendieron a Galileo y le advirtieron que debía restringir sus incursiones en la esfera de lo sobrenatural y le dijeron que en los Salmos, en el libro de Josué y otros pasajes bíblicos ya se hablaba de los movimientos de los cuerpos celestes y que se abstuviera de comentarios porque esa era materia de los santos padres de la Iglesia. Galileo obedeció sus órdenes y guardó silencio, durante siete prudentes años dedicó sus esfuerzos a estudiar poesía, escribió críticas literarias, mejoró su telescopio y desarrolló un complejo microscopio. Pero en 1623, volvió a retomar el tema, un nuevo Papa había ocupado en Roma el trono de San Pedro. El Supremo pontífice Urbano Octavo llevó a la santa cede aires intelectuales y un interés por la investigación científica. Galileo lo conocía personalmente y decidió aventurarse y revelar en su totalidad sus descubrimientos sobre el universo. Escribió su famoso tratado Diálogo de Galileo Galilei entre las figuras: Tolomeo, Aristóteles y Copérnico. Más tardó en divulgarse su pensamiento que en ser acusado de hereje, "sus enemigos eran legión y vieron en el libro una alabanza escandalosa de Copérnico" y lo hicieron confrontar con el mismo Papa Urbano Octavo y con la Inquisición en 1633. Fue enjuiciado en Roma y obligado a retractarse- "adjuró de rodillas"- y lo confinaron al silencio. Estuvo prisionero y fue blanco permanente de conspiraciones. Se le acusó de "crímenes nefandos y de herejías".

Lo novedoso de este libro es la tesis que maneja la autora en el sentido que la famosa frase de Galileo: "Eppur si muove (Y sin embargo, se mueve)", no la gritó dando un pisotón en el suelo, ante el tribunal del Santa Inquisición como se afirma, ni siquiera la pudo haber dicho entre susurros al final del juicio, porque habría sido quemado de inmediato, ese hubiese sido demasiado desafío. La autora sostiene que, "pudo haberla dicho semanas o meses más tarde, ante otros testigos, pero no aquel día". De lo contrario no habrían logrado bajar la pena de estar prisionero en los calabozos del Santo Oficio a la reclusión en la embajada Toscana en Roma. Galileo murió una noche de enero de 1642, bajo arresto domiciliario, imposibilitado por los inquisidores de seguir sus investigaciones y sin haber obtenido el perdón del Papa. Su "Diálogo" apareció en el índice de libros prohibidos publicado en 1664 en el que permaneció por más de 200 años. El Papa Juan Pablo II en 1992 pidió perdón por los sufrimientos que causó la iglesia católica a Galileo Galilei: "una trágica incomprensión mutua- señaló el Papa 350 años después del juicio contra Galileo- ha sido interpretada como el reflejo de una oposición radical entre ciencia y fe", dijo.

El Libro: La hija de Galileo, de Daba Sobel, es una agradable biografía de este genio. Las cartas de la hija de Galileo son puro pretexto para darle coherencia a la continuidad del relato.

Sino conoce mucho sobre astronomía, historia de la iglesia y las intrigas del poder y las miserias humanas, la hija de Galileo, es una buena obra para conocer a este científico obligado por la iglesia católica a renegar de sus propios descubrimientos.

El estilo biográfico casi convertido en novela es de muy buen gusto, las ilustraciones que aparecen en el libro son de un valor inigualable.